martes, 10 de mayo de 2016

Dos en uno

En medio de este caos interno… me pierdo en la intensidad de mi sufrimiento.


Vagando entre las sombras de tormenta, de negativas emociones, perdida entre los llantos y las voces. Los gritos de la gente haciéndome sentir cada vez más sumida entre las hondas turbias y opacas, que no me dejan ver más allá de lo que yo no quiero creer que es mi realidad. 

El destino que se me hizo presente, clavándose como espinas oscuras. Me torturó. Destruyó lo bueno. Oh matador infierno, doloroso fuego quemando mi ser, alejándome de todo. De todos. 

Destrozada. 

Odiándome. 

El mundo se derrumbó encima de mí. Como si fuese lo más horrible de mi pesadilla. Creía poder vencer aquellos monstruos que me atormentaban, creía que podía salvarme, tenía tanta fe en mí y…
La perdí. Perdí mi propia batalla.

Con miles de emociones alcanzándome, corriendo tras de mí, aprisionándome con cadenas invisibles que se hacían más y más profundas y pesadas, no avanzaba, me retenían, me aplacaban.
En la inmensidad de aquel lugar llamado mundo, corriendo y huyendo, perseguida por los demonios, muriendo un poco más por dentro. 

La luz se apaga, me atrapa, me apresa y me daña. Me devora y mis mayores temores agranda.

Vencen la batalla. 

Un mundo

Cada persona es un mundo.
  
Se supone que todos sabemos como somos, que sabemos cual es nuestra forma de ser y que nos identificamos en algún lugar de lo que denominamos adjetivos. 


Me siento fuera de lugar. 

No sé definirme, no sé que es lo que me abate de forma tan desesperada, tampoco sé lo que soy ni cuales son mis aspiraciones, no sé nada. 

  
Como dijo Sócrates, yo solo sé, que no se nada. Yo solo sé que cambio como el mar, pero con piedras que la vida me ha dado, piedras que me perturban me cambian.

Yo no sé quien soy...