Y buscaba, entre las gruesas mantas, un lugar donde nadie le encontrase.
Donde caras y
sentimientos se enterrasen.
Con silencio
hipnótico que le guardase, los secretos más oscuros, del tiempo vivido en este
integro mundo.
Con tantas cosas que
proteger y una gran caja que ocultar.
Una llave, que muy
lejos tirar, para que nadie más pueda abrir, vivía, y crecía.
Inclusive entre las
mantas, arropada de preocupaciones, evaporándolas, la vida, no padece y tampoco
siente.
Escape de la tierra, en la que las semillas fueron plantadas y unos árboles hermosos guardan.
Caminando por las
frágiles calles, con números y almas que respiraban, puntuando y sumando,
restándose cuando se alejan, dividiéndose cuando lo necesitan y un simple cero
ocupando el lugar.
Miles de números que
cantaban a su triste alredor, la melodía que jamás nadie quiso escuchar.
Con ochos numerosos y dieces que con superioridad le valoraban, las penas y las cadenas que se sujetaban.
Jueces innatos de los
más tristes relatos. El cero sin valor paseando, con un vacío en su estómago y
a lo lejos no se ve cuantas veces fue infravalorado.
Necesariamente
innecesario, a veces útil otras pobre, quedando sin valor y destruyendo a
quienes le trababan.
Importantemente
destituido, de un cargo que no se le dio por no saber valer.
Y aquí, donde el
mundo comienza, donde las vidas de aquellos numerosos árboles se sumergen,
crecen... el cero seguía buscando un lugar donde refugiarse y perderse...
Yo, que observo, yo
que lloro y me entristezco, solo puedo mirar... eses lugares, donde nadie,
nunca más pisará, pues sus raíces ya se han plantado y no queda un lugar para
un número sin valor adquirido para ellos.
Menospreciaba, la
sociedad, a quien no cumplía los requisitos y las conductas.
Desamparado y triste,
el cero corría y gritaba, aunque la voz no le daba.
Nadie escuchaba...
Y el cero siguió buscando.
Toda una vida. Sin
éxito... jamás nadie lo notó... nadie lo escuchó... pero jamás pereció.
En este cruel e
injusto mundo hay tantos ceros, que un día invadirán el mundo, poblándolo de
enclenques que nunca tuvieron confianza
para ver su valor.
Y el cero murió.
Se fue. Se escapó.
Ahí, nadie celebro,
nadie lloró.
No había forma, nadie
lo notó.