martes, 9 de febrero de 2016

Ending

Cuando pensé que todo en mi vida se había calmado, alguien tiro una piedra y escondió la mano. La superficie de mi vida se turbó y  un montón de hondas a mi alrededor formó.

Mi corazón latió desenfadado y sumida en una angustia también me sumergí en aquel lago. Fingiendo sonrisas y diciendo “estoy bien”.

Supliqué en silencio y llorando, con orgullo en mi alma destilando, grite con dolor “alguien que me ayude”, pero nadie la mano me tendió y mucho menos nadie me salvó.

Perdí la fuerza interna, llorando y sosteniendo mi vida con un peso máximo encima de mis hombros, ¿dónde estaban todos? Ninguno de los que dijeron ayudarme si pasaba algo, ayudó, solo dejo que me hundiese entre mentiras y falsedades.

Lloré de verdad, porque ya no quería pensar, ya no quería sentir y mucho menos vivir. Mi agobio creció, mi crisis aumentó.


La hora del suicidio llego.

Final

Cuando ocurren cosas malas en el mundo. Sean accidentes o muertes me preguntó qué porque no soy yo la que ha tenido ese problema, porque no lo he sufrido yo.

           A veces me lo merezco.

Me hubiera gustado sentir en carne viva ese sufrimiento, el dolor, la muerte, la ansiedad de no poder respirar más.

A veces me gustaría sentir menos, dejar de pensar que mi única solución es sufrir más. Yo sinceramente ya no quiero vivir más.


           Quiero recibir ya el final.

Fragmento de la segunda novela de Tormenta

Ethan era entrometido y serio cuando se trataba de mí.

Me quería tanto como yo lo quería a él, pero a veces las cosas no salen bien y hay que dejarlas en el pasado, abrazar las fotografías y eliminarlo completamente de su ser, nuestras memorias, nuestros besos, risas, llantos y caricias.

               Tuve que dejarlo solo.

Cuando me mira ahora a los ojos, con esa furia acumulada desde un montón de tiempo, mi cuerpo se estremece. Mi piel se eriza como un escalofrío ordinario que me recorre de arriba abajo y viceversa. Me siento como si yo fuese un corderito y él el lobo que va a comerme. Que me va a devorar hasta que ya no quede nada, porque tuve que hacerle pensar que me odiaba, que no nos aguantábamos, que no había ni siquiera un ápice de amor y dulzura hacia mí, que sus sentimientos no fueron más que un mero sueño. Mi mundo se tambaleaba peligrosamente cada vez que él estaba cerca, cuando pasaba por mi lado y ni siquiera me miraba.
              
Como odiaba el simple hecho de no ser humana y ser alguien normal para poder estar con él.

Ya no había lugar para mí desde que entró directamente bajo mi piel, desde que supo que yo no era realmente una humana normal, que era una raza diferente y poderosa. Ya no podía volver con él aunque lo desease, ya no había lugar para mí.


               Yo ya no podía permitir que él me recordase si eso significaba perderle, no podía, porque simplemente él era mi vida. 

Consumiéndome

Nunca he sido muy fuerte.

Las cosas me superan y acaban torturándome de una forma que no os podéis imaginar. Me destruyen, incluso me matan por dentro.

Y me duele.

Me duele demasiado la forma en la que me consumen. No soy fuerte, y mucho menos soy valiente. Soy débil, impaciente.

Pienso demasiado que no me merezco sufrir y eso es mi perdición, porque cuantas más vueltas al asunto le doy, peor. Peor me pongo y peor vienen las demás cosas. Mi impaciencia me destruye, al esperar y que no suceda nada.

Me consume.

Y como me desespero porque mi corazón no se calma, me impaciento, me vuelvo una persona inestable, me convierto en alguien que pierde la fe, la confianza todo lo que me da fuerzas para seguir.

Soy mi propia ansiedad.

Mi destrucción.