Cuando pensé que todo
en mi vida se había calmado, alguien tiro una piedra y escondió la mano. La
superficie de mi vida se turbó y un
montón de hondas a mi alrededor formó.
Mi corazón latió
desenfadado y sumida en una angustia también me sumergí en aquel lago.
Fingiendo sonrisas y diciendo “estoy bien”.
Supliqué en silencio
y llorando, con orgullo en mi alma destilando, grite con dolor “alguien que me
ayude”, pero nadie la mano me tendió y mucho menos nadie me salvó.
Perdí la fuerza
interna, llorando y sosteniendo mi vida con un peso máximo encima de mis
hombros, ¿dónde estaban todos? Ninguno de los que dijeron ayudarme si pasaba
algo, ayudó, solo dejo que me hundiese entre mentiras y falsedades.
Lloré de verdad,
porque ya no quería pensar, ya no quería sentir y mucho menos vivir. Mi agobio
creció, mi crisis aumentó.
La hora del suicidio
llego.