Despiertas en la desesperación de la
noche, donde las cumbres se esconden en nubarrones.
Tus ojos se abren, el cuarto está
oscuro. Tienes tantas cosas que decir, tantos sentimientos que expresar, sin embargo
lo sabes, nadie más que tú lo vas a escuchar.
Cualquiera puede decirte que es fácil,
cualquiera puede dar un consejo y tratar de entenderte, ¿pero qué van a saber
ellos del dolor que sientes? ¿Qué crees que se creen para atreverse si quiera a
decir “solo es un problema pequeño hay cosas más graves”?
Sabes eso.
Sabes que solo es un problema, pero
podría esfumarse o acabar contigo. Puede destruirte, incluso puede hacerte más
fuerte. Solo es un problema, quizás lo solucionarás o quizás aprenderás a vivir
con ello. Y lo sabes, tan claramente como la luz de la luna.
Lo sabes.
Sabes que podrías huir de él y
enterrarlo en lo más hondo de tus recuerdos, donde no salga. Incluso te
imaginas que puedes pasarlo, que podrías acabar muriendo por la tristeza, lo
sabes tan bien que ya no sabes que hacer. Y solo esperas.
Esperas a que todo cambie.
De una manera u otra, esperas que todo
mejoré, que se resolverá o se extinguirá. Solo quieres que se termine.
Pero estás débil.
Que horrorosa pero hermosa palabra.
Tan débil que no ves la luz que
resplandece tras la oscuridad, en aquella noche que podría ser la noche que
todo lo cambiará.
Y esperas. Esperas a que algo suceda,
mientras cristalinas lágrimas se desbocan, mientras todo el dolor quema por
dentro, sin embargo parece imposible.
Y te das cuenta que esperar, la mayor
parte de las veces, es de hipócritas. Que si quieres que las cosas cambien solo
tienes que actuar.
Hacer algo.
Pero… ¿cuándo es el momento indicado?
¿Cuándo podemos lograrlo?
No lo sabes, pero esperas que esté sea
tu momento.
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