Oscuridad.
Si todos fueran capaces de ver lo que yo veo, huirían.
Tengo miedo.
Todo está oscuro, en esta sala solo hay negro, que convierte mi oscuridad en desesperación.
En dolor.
En ansiedad.
En gritos que caen en el olvido de ese lugar.
Mi cuerpo se estremece, se siente como si cada vez me hundiese más, como si estuviera a punto de morir, mi mente muere en cada instante que me planteó abrir los ojos y enfrentar la oscuridad y la penumbra.
Y duele.
Duele.
Duele.
Duele.
Nunca debí encariñarme con los seres como ellos. Nunca debí aceptar el cariño y luego caer, nunca debí confiar, es simplemente un error. Debí estar alerta.
Te fallan.
Te apuñalan.
Te engañan.
Manipulan tu ser.
Te dejan como si nada.
Duele.
Duele.
Duele.
¿Cómo pude ser tan idiota? ¿Cómo me deje engañar por algo tan maravilloso? No hay nada así, no es real. Nada de eso es verdad. Lo bueno no existe, pues es perfecto. Las cosas maravillosas solo son engaños.
Y me duele.
Duele.
Duele.
Aunque duele, no puedo evitarlo. Deseo sus abrazos. Sus manos envolviéndonse en mi figura, mis lágrimas discurriendo por mi cara, y sus firmes brazos casi rompiendome. Preguntándome si algún día esos brazos serían capaz de quebrarme.
Lo son.
Lo serán.
Lo fueron.
Y yo sabía que esos brazos me llevarían a la desesperación.
Y los seguí.
Los agarre.
Los solté.
Y me duele. Duele porque ahora... sin esos brazos, no puedo abrir mis ojos.
Estoy.
Completamente sola.
La desesperación consume mi alma.
Y duele.
Duele tanto.
Duele mucho.
Me hiere.
Me mata.
Y en toda esa oscuridad, la cordura se disipa, oyendo voces que me agitan.
La desesperación.
El miedo.
El horror.
Ni siquiera sé... dónde estoy y por qué.
Mientras el tiempo pasa, sigo encerrada.
En esta tortura.
En esta sala de DESESPERACIÓN.
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