Eres aquel que me hace
perder la razón.
Porque un buen amor, nace en
el corazón y termina sin ser consciente de la razón.
Tortuosamente se ha colado entre mis
mantas, un invasor que no quise en mi
cama, ese hombre con ojos de color
tierra que desde tanto tiempo había extrañado, me abrazaba como si fuera su más
preciado objeto, tratándome como la princesa de un cuento que para mí, jamás
existió.
Peligrosamente se ha acercado, a mi cuerpo y
a mi alma. Haciéndome imposible resistirme siquiera a su olor. Porque todo él
es una enorme tentación que me incita a desear más de su prohibido libido.
Esos labios gruesos y firmes, sosteniendo los
míos, mordiéndolos como si fueran un triste e infeliz bocado. Mientras nos
miramos fijamente, devorándonos, con tu boca, con la mía, acaparando con la tuya, mi lengua, y, haciendo que se
intensifique el calor de aquella habitación.
Sus manos paseándose por mi cuerpo y
recordando nuestro deseo, nuestro único objetivo en llevar rienda suelta
nuestra pasión. Tus ojos enfocándose en cada centímetro que tus manos recorren,
para llevarme a otra dimensión. Con mis cinco sentidos alerta de por dónde
avanzan tus traviesas y pícaras manos, donde se posan tus labios y donde recaen
las caricias.
¿Vamos a disfrutar de este
hermoso éxtasis de placer manchado de prohibiciones religiosas?
Me he preguntado tantas veces si nací
exclusivamente para amarte, pues nuestros cuerpos encajan mejor que cualquier
otro, que cualquiera que lo intente, sé que te gusta que te haga, se por donde
tengo que comenzar, vamos a llevar a cabo esta inmoralidad católica, vamos a
pecar fuera de matrimonio.
Disfrutando seriamente de la impureza que
sale por nuestros poros, no te dejaré escapar sin chuparte hasta que tus
fuerzas y pensamientos se agoten, hasta que te remate, hasta que te acabe, de
esta cama, créeme, no sales.
Y cuando menos me lo espero, entre nuestras
despojadas ropas entre las sabanas arrugadas, entre nuestros sudorosos cuerpos
chocando, la química que ambos experimentamos se convierte en un hermoso placer
de chocolate consumado. Una vez que nuestras manos comenten el pecado, y
nuestros cuerpos asirse mutuamente aceptando cada muestra deseosa y suculenta,
el libido aparece, deslizándose entre nuestras desnudas y cálidas pieles.
Hace tanto tiempo que te había deseado,
Que ya no sé si esto es un sueño o es real.
Pues nada más despertar, en mi cama vacía amanecer, de tu sudoroso
y suculento cuerpo no había encuentro.
No estabas aquí.
¿Eres tal vez un sueño?
No hay comentarios:
Publicar un comentario