Mis ojos siempre iban a él.
Lo recuerdo bien.
Recuerdo a la perfeccion cualquier gesto que hacía, como
bebía su café ardiente y, a los cinco segundos, comenzaba a sacar su lengua
escaldada mientras abanicaba su boca para enfriarse, inutilmente. Me gustaba
tanto verle dormir, verle concentrado, verle reír y oirle cantar en la cama, en
la ducha, en la cocina, en el salón y a través de un teléfono por cam.
Me gustaba, y me gusta tanto que me duele.
Y lo recuerdo perfectamente, te quiero. Y recuerdo
increíblemente como decías que me querías. Lo recuerdo todo. Desde tu mirada y
el tacto de tus caricias, desde el movimiento de tus manos y el toque de tus
callos, desde como sonrías a como pronunciabas mi nombre.
Lo recuerdo bien.
Recuerdo bien que harías una locura por mí, como hacer un
viaje solo porque quería verte a las tres e la mañana por mí. Tus quejas al ver
y tocar mi pelo, como con suavidad, a susurros, hablabas a mi oído para decirme
lo mucho que me habías echado de menos.
Extraño tu risa, que acabes mi comida, que puedas hacerme
reír con cualquier estado de ánimo que me invada, con tu color, tus ojos y todo
tu amor. Me haces sentir bien, me sentía como en la cima de la ola, de la
montaña. En lo más alto, me sentía segura, maravillosa, querida, necesitada.
Me sentía un poco mejor, solo un poco más feliz dentro de
mi infelicidad.
Recuerdo como me sostenías, como me hacías desesperar
cuando no parabas de hablar, como me abrazabas desde las 12 hasta las siete,
como aunque me quejaba continuabas, y, aunque siempre voy a quejarme, lo
extraño y te extrañaba.
Echo de menos que me llames.
Que me ames.
Que tus ojos me busquen en la estación, en el aeropuerto,
en tu cama al despertar, como te quería y me querías, como te quise y me
qusiste. Como te quiero y me quieres.
Te extraño.
Pero ten algo en claro…
Si te pasa algo hoy, moriré contigo hoy, mañana y ayer.
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