Y entre el limbo
de mi dolor...
Me admiro.
Entre las
lágrimas y los luceros de tristeza, entre las mantas y la desgana, extiendo el
brazo, acariciando las finas corrientes de la angustia, con las yemas me
deslizo y apartó, rompo. Lo rompo, la rompe, me rompe.
Y me admiro.
Admirándome.
Admirarme.
Y ahí, en el
silencio sepulcral, cierro los ojos y dejo que se deslicen, dejo que se partan,
que se levanten, que se esfumen, que se mueran, que se destruyan, dejó que me
invadan, las alegrías y tristezas, que el humo que sale me consuma, que entre
mis labios se deslice y que entre mis manos corra.
Y ahí, donde no
parecía haber amor propio.
Ahí, en esta
vacía habitación, me dejó caer, me desvanezco y me evado, allí, donde nadie
pueda pasar, ahí, donde nadie me dejé caer en el olvido de lo que mis voces
callan, me amo y me odio.
Y odio y odio y dejo claro que odio.
En el limbo de
mis pensamientos, que gritan, que rompen en truenos, que suenan relámpagos, que
se iluminan y se distorsionan, allí, donde el bucle temporal se destruye, donde
nadie me ve, donde nadie me toca…
Ahí.
Me amo.
Y admirando mis
sentidos, deslizando las manos, allí, donde nadie me encuentre, me parto y me
estreso, me caigo al abismo de letras y letras, allí, donde todos me desconocen,
me conozco.
Me amo.
Me aman mis
manos, mi cuerpo, cada centímetro de pelo, mis ojos y mis labios, mis caderas,
mi cintura, mis piernas, pies y sentidos. Allí, donde el tacto me abruma y el
olfato me quema, lo blanco pasa a gris, lo gris pasa a negro, los colores me
estimulan, y mi cabeza grita. Mi vista chilla.
Mis labios
resecan, exhalando la tristeza que se convierte en alegría y en vida.
Allí…
Me siento viva.
Muero y vivo.
Admirarme a mi
misma cuando pienso a gritos, cuando callo y me deshago. Cuando mi mente muere
conmigo y me mata la vida.
Cuando la vida me
supera, cuando mis sentidos se agalopan y se suben, cuando no me como el mundo
y el me come a mí, allí, comienzo a suspirar, empiezo a susurrar sin sentido ni
delirio y nadie lo ve.
Nadie escucha,
solo mis tímpanos, mi cerebro, mis poros y mis paredes que lo encierran.
Allí, comienzo a
quererme y odiarme.
Amarme de todas
las formas y sin arrepentirme, pensando a mil quilometros hora, sintiendo como
la brisa se desliza en oleadas positivas, aceptándome como nunca me he
aceptado, queriéndome a mi, solo a mí, antes que a ti, antes que al mundo,
antes que a nadie. Solo yo. Amante de todas mis facciones, mis heridas, mis
marcas, mis fallos, mis puntos buenos, fuertes.
Me odio.
Me quiero.
Me consume, me
come.
Cerrando en banda
las oleadas, el humo me traga, mis latidos crecen, mi cuerpo lo entiende, mis
ojos se abren, no se cierran, descalza y en frío contacto, la calidez me
abandona y caminó.
Salgo de allí y
salgo al mundo, que me traga y me atraganta, el mundo que frío me trata y que
lentamente poco me encanta, a fuera de mí, de mi estancia, la brisa me encanta,
me atora y me alumbra.
Ahí, de nuevo me
amo, me amo tanto que me cansa, me quiero tanto que me desgana, me aceptó tanto
que mis poros se alertan, me atraviesan, hasta el interior, en la punta de los
pies, el hormigueó me hace brillar, me hace vivir, me adora.
Y sí.
Me amo, me amo y me
aman.
A MÍ, solo a mí.
No a ti, ni a
nadie.
Solo
a mí.