-Es
un suplicio- comentó con un deje de desagrado y asco hacia ella.
-Lo
sé- su voz era triste, infeliz y sin vida.
-¿No
quieres cambiarlo?- pregunto como si fuera un demonio tentándola a la muerte.
-Sí…
-Dilo
con ganas-
-¡SÍ!-
-Entonces
deja de comer.
-Pero…
yo podría enfermarme…
-Da
igual, ese es un precio muy bajo.
-Y…
¿funcionará?-
-Claro,
mírame a mí-
Estaba
tan delgada, tenía todo aquello que añoraba, sus huesos se marcaban hermosos en
su cuello, sus piernas estaban separadas, tenía marcas de huesos en las caderas
y estaba hermosamente pálida, por no añadir sus finas piernas.
-Si
no como… ¿moriré o no?-
-Si
comes, como poco, las calorías, debes controlarlas. Contrólalas al detalle.
-Bien…
-Y
si no, con dos dedos, vomita. Chica, todo tiene un precio, pero… serás delgada.
-Gracias…
¿Cómo te llamas?-
-Ana-
Le
sonrió y ella también y dijo su nombre, pronunciado débilmente, para dirigirse
al cuarto de baño a vomitar todo lo que se había comido hace un rato. Ana y
Mía, quienes estaban juntas ese día, sonrieron desde el espejo, desapareciendo
y dejando un rastro hasta su mente. Nunca más la abandonarían…
No hay comentarios:
Publicar un comentario