Quizás ese era el
problema, que nunca me había sentido libre, siempre había vivido atada entre
dos cuerdas, una era la vergüenza, pensar que si hago esto me juzgaran,
preocuparme hasta la médula por algo que ni siquiera podrían ver, y aun así, me
estresaba yo sola, pensando que alguien me criticaría, y la vergüenza que
sentía, hacía que dejara de hacer cosas por miedo a que me rechazasen, y me
sentía tan inútil.
Y la segunda era mi
propia cabeza, siempre había hecho un nudo en todo y había acabado yo misma agrandándolo,
siendo paranoica y sintiendo que el mundo va en contra mía, que las malas
rachas no existen, que son sufrimiento puro y duro que apresura con meterse
bajo mi piel para no salir más y aun así. Me sentía idiota.
Porque nunca había
podido sentirme libre, y quizás, lo odio por eso. Odio que a su lado todo fuera
libertad, y sobre todo odio que cuando me di cuenta de que esa sensación que
tenía yo de libertad era falsa, que era yo misma, lo odie aún más por conseguir
despertar esa parte. Odiaba con cada centímetro de mi cuerpo que él pudiera
conseguir hacerme sonreír en una décima de segundo y odiaba aún más que solo
fuera un juego.
Y cuando volví a
sentirme idiota, mi cabeza estalló y hundiéndome entre penas sentí mi cuerpo
temblar.
Siempre iba a estar odiándole
por conseguir lo que nadie consiguió cuando no tenía el derecho de hacerlo.
Y quizás, por eso. Era idiota.
Y quizás, por eso. Era idiota.
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