lunes, 28 de marzo de 2016

Hasta que se suicidó

Morir.

Eso es lo que quería, todo era sufrimiento, cada suspiro que se escapaba de sus labios era doloroso, una tortura. Y por encima, para empeorar la situación, ella era increíblemente insignificante, recibiendo el dolor por duplicado solo por ser ella y porque los demás querían verla derrumbarse y cayendo hasta el fondo del pozo.

Su obsesión por sentirse bien la estaba matando cada vez más.

Empezó por matar su sonrisa, ahorcar el brillo de sus ojos, encerrar la felicidad y esfumar los sentimientos de complicidad, diversión y pasión, todo esto se esfumó como si ella jamás hubiese sentido cosas bellas y hermosas, como si siempre hubiese estado triste, infeliz y sin nada que ganar, solo que perder.

Desapareció para ella, para sus hermosos ojos el color, murió, dejándola sin una visión colorida. Sin ver los hermosos colores y luces que se veían en los paisajes, en las escenas familiares y con amistades, en las parejas románticas… todo era blanco y negro, con suerte, a mayores un gris triste.

No veía luz entre tanta oscuridad.

Pronto fueron aniquilados los deseos, la esperanza, desactivándose rápidamente de su sistema nervioso, también la motivación y pronto siguieron las ganas de vivir, de respirar, ya que ahora hasta le dolía. Sus pedacitos y su corazón roto se trituraba cada vez más.

Pero seguía viva.

Tanto fue el dolor que tenía que descargarlo de alguna manera, probó de todo, hasta que no le quedó más remedio que marcar cada vez que algo le hacía daño, autolesiones, rayas de sangre sobresaliendo desde sus muñecas hasta sus hombros, desde sus rodillas hacia su cadera. Si se hacía daño físicamente, lo físico pasaría.  Cúter, cuchillo, cuchillas, puñetazos, golpes…


No se libró hasta que se suicidó.

Sueños.

Esto es real. No es una historia. Es una liberación. Son ganas de volar y no poder. Son ganas de llorar y ganas de tener menos sentido de la realidad.

                Tengo muchos sueños, uno de ellos siempre fue marcharme de mi lugar de nacimiento, de mi país, establecerme en algún lugar lejos, muy lejos, donde nadie me conozca y donde podría vivir tranquila. Un sitio en el cual viviría en paz conmigo misma y aprendiendo diversas cosas por mí misma, sola y conviviendo conmigo en algún lugar. Sin protección, sin explicaciones, solo yo y todas mis cosas. Otro de mis sueños era aprender más sobre las cosas vivas de la tierra, animales, personas, plantas y todo lo que pudiese aparecer y llegar.

Quería aprender y sorprender a muchas personas por la nueva yo. Comprenderme mejor, entender el complejo hilo que enredo los claves de mi mente…. Quería salvarme a mí misma de mis sombras y fantasmas. Quería ser de ayuda para otros ya que, a veces, pienso que no tengo solución. Quería ser psicóloga, escuchar a los demás, ayudarles lo más que pueda, quería ser capaz de rescatar de las sombras a gente como yo o peor.

                Yo también soy humana, comento errores, tengo problemas y quiero que otros los escuchen y me apoyen, como a veces también quiero que me abracen y consuelen o que me dejen tranquila y durmiendo.

Mis sueños se vieron destruidos por la cruda realidad.

Fue como ver el desánimo posarse y sepultarse bajo mis hombros, bajo mi piel. Me agobiaba y me aterraba saber que todo dependía de estos dos años, que tenía que avanzar hacia la meta y elegir ya.

                Estoy tan asustada.

Hasta hoy, todo está oscuro, no veo nada, no me atrae nada, no sé qué quiero y ya he perdido toda esperanza de cumplir mis sueños, ¿conseguir mis objetivos? ¿Qué objetivos? ¿Se comen o se beben? Nada me motiva, todo es perder el tiempo, todo es malgastar mi fuerza y entusiasmo. Ya no hay nada.

Lo único que quiero es escribir, leer y dormir. Nada más. No hay nada.

Quería escribir, más que cualquier otra de las dos cosas, hasta que no pudiese más. Mejorar escribiendo, hacer sentir a los demás lo que muchos escritores me hicieron sentir a mí. Pero eso era un sueño y los sueños, no se cumplen. No vivimos en un cuento de hadas y yo no puedo ser un hada madrina que haga sentir las mismas emociones que siento yo al leer algunos de esos maravillosos libros o lo que Natsuki Takaya me hace sentir siempre que leo sus hermosas creaciones.

Ah… que bonito es soñar.


Qué difícil es ver que no puede hacerse real. 

Murallas

Creó murallas a su alrededor para defenderse de los demás, de sus comentarios, de sus miradas y de sus mentiras. De todo lo que pudiese causarle dolor a la larga, de su amor o sus amistades…. Cada muralla tenía un refugio y trampas que alejaban a cualquiera que intentase cruzar hacia su corazón. Era imposible de penetrar, una defensa férrea con un millón de capas que eran bien cerradas.

El muro crecía cuando alguien se acercaba cada vez más y más hasta su núcleo. Entonces ella se convertía en una gran fortaleza y ahuyentaba al personaje que casi lo conseguía.

Nadie podía pasar.

La gente poco a poco comenzó a escarmentar, al darse tantos golpes contra el muro, comenzaron a alejarse, rendirse y perder la fe en poder ayudarla, en conseguir que ella se abriese de nuevo a ellos, que mostrase su hermosa sonrisa de nuevo.


Por ello se quedó en las tinieblas, sollozando porque estaba sola y desamparada, que la había traicionado cuando le había dado todo lo que quería, el caos invadió su mente, y unos días después, apareció su cuerpo inerte. Nadie pasó sus muros y poco a poco terminó el trabajo que aquel idiota dejó a medias.

Se mató. 

Crazy.


Frío, era una de las sensaciones que la llevaban a la locura, considerando una tortuosa salida, semi-desnuda, encerrándose a sí misma en un gran glacial. Sentía el frío calar más fondo de sus huesos, la oscuridad apoderarse de sus recuerdos, siendo una persona diabólica y que deseaba tener utilidad para fines sádicos, siendo la única con una extraña obsesión de acabar con ella.

Era su misión.

Se dejó llevar por los impulsos, caminando descalza entre la nieve y el los enormes pasos helados. Deseaba con furor realizar dicha acción, que, como única matiz destruir con plenitud aquel ser que tanto odiaba desde que “maduró”.

Portando aquel utensilio cortante que la ayudaría.
Ella misma lo empuñaría.
Haría discurrir enormes ríos de sangre.
Bañando su mano de espeso líquido caliente.

Hoy era el día, uno de los últimos de su vida. La cordura fue escasa en el momento que miró a aquella persona que lo observaba con ojos llenos de locura, invadidos de la rabia y el rencor, un resentimiento mayor del que se imaginaba. “Eliminemos el estorbo” dijo su mente y ahí, corrió rápidamente.

Levantó el cuchillo y se lo clavó.

-       Ahora no serás capaz de hacerme más daño- murmuró.


Palabras frías, locas, que iban dirigidas a sí misma. 

Mar tormentoso

Era como estar en un mar tormentoso.

Estaba arrastrando mis penas mientras las olas hacían lo mismo conmigo, era como dejarme morir y entre la furia de la muerte sufrir. Mis penas fluían al compás de la tormenta y las olas enfurecidas. Y sin embargo, permanezco pasiva, sintiéndome perdida y colapsada por el dolor.

¿A dónde me llevan? ¿A dónde me arrastran? ¿Por qué no quiero salir de aquí?

¿Por qué no me importa morir?

No estaba aterrada, porque para mí, eso no era nada, no me importaba el dejar a esa gente que me dejó caer en este mar tormentoso, sufriría ahí, en silencio y con los ojos permanentemente cerrados, conservando la sensación de angustia y del dolor como si fuese llevadero.  Mi cuerpo, mi rostro pálido, mi mente, mis fuerzas se mueren lentamente mientras todos me ven poner esta sonrisa… 

Apariencia indiferente, esto es una fase, esto no es nada, no estoy triste, eso es lo que daba a entender, porque es mucho más fácil sonreír que intentar explicar porque estás tan mal y tan profundamente atormentada… Porque ya no puedo soportar más el peso de este enorme cardenal, de esta cicatriz que se abre cada vez más…

Ahogada y llena de dolor, deseo la muerte inminente mientras el mar me sumerge en su corazón.

¿Y qué si no estoy bien?


Como si a vosotros os hubiese importado algo. 

Perdiste la partida.

Aquí donde me ves, no soy una torre, tampoco un peón. Aquí donde me ves, soy yo sin más, sin mi escuadro, sin mi caballo y menos mi rey. Aquí, donde estoy hoy, no soy tu pieza de ajedrez. Soy yo misma, sin ser tu reina y tampoco tu ficha.

No tengo alfiles, ni avanzo en diagonal o de la misma forma que tú, que pegas saltos en ciertas casillas, no soy tu pasatiempo y tampoco quiero ser tu hobby. Yo no quiero ir contigo y saber que se siente esta inquietud.

¿Sabes acaso cuanto tendré que añorar si me voy contigo? ¿El despojo que me sentiré si no hago un jaque?

Y entonces te mueves, mueves tus piezas con sentido y con razón, pero siendo un auténtico cabrón, ¿acaso no sabes la proeza que ejecutas con esa acción? Rendir culto al campeón y perder el juego que hemos creado aposta, solo para que consigas quedar bien delante de los que nos miran.

Encendiéndote  tras las piezas, destruyendo mi alta estima.

Seguiste con tu juego infantil, tratando de demostrar que podías incluso más que cualquiera, creyendo que ganabas comiendo y comiendo fichas, dejando que me pudriese al ver tus jugadas, pensando que quizás cambiarías la estrategia de tu estúpido juego. Pero no lo hiciste.




Y perdiste la partida, jugando mal todas tus fichas. Me perdiste, por tramposo y por comer más fichas de las que tenía. 

Puedes ser libre.

Era obvio.


Había estado enamorada de él, se veía y se notaba demasiado. Incluso cuando no lo tenía cerca se pasaba las tardes buscándolo o esperando encontrárselo, como si fuese a aparecer milagrosamente por ahí e ir hacia ella a besarla.
El humo del cigarro fue la única prueba presente que tenía para afirmar que él estaba ahí, con ella. Era la única forma que tenía de ver que no era un sueño.


Se dejó caer en el sofá, rota. Ya no quería más… ya no quería más de ese amor insano, las discusiones, los llantos, los golpes. Quería ser libre. Tenía que ser libre. Tomaría medidas, pero se acabo.

Ya no amaba ese amor insano. No era feliz, pero podía serlo.