Morir.
Eso es lo que quería, todo
era sufrimiento, cada suspiro que se escapaba de sus labios era doloroso, una
tortura. Y por encima, para empeorar la situación, ella era increíblemente
insignificante, recibiendo el dolor por duplicado solo por ser ella y porque
los demás querían verla derrumbarse y cayendo hasta el fondo del pozo.
Su obsesión por sentirse bien la estaba matando cada vez
más.
Empezó por matar su sonrisa,
ahorcar el brillo de sus ojos, encerrar la felicidad y esfumar los sentimientos
de complicidad, diversión y pasión, todo esto se esfumó como si ella jamás
hubiese sentido cosas bellas y hermosas, como si siempre hubiese estado triste,
infeliz y sin nada que ganar, solo que perder.
Desapareció para ella, para
sus hermosos ojos el color, murió, dejándola sin una visión colorida. Sin ver
los hermosos colores y luces que se veían en los paisajes, en las escenas
familiares y con amistades, en las parejas románticas… todo era blanco y negro,
con suerte, a mayores un gris triste.
No veía luz entre tanta oscuridad.
Pronto fueron aniquilados
los deseos, la esperanza, desactivándose rápidamente de su sistema nervioso,
también la motivación y pronto siguieron las ganas de vivir, de respirar, ya
que ahora hasta le dolía. Sus pedacitos y su corazón roto se trituraba cada vez
más.
Pero seguía viva.
Tanto fue el dolor que tenía
que descargarlo de alguna manera, probó de todo, hasta que no le quedó más
remedio que marcar cada vez que algo le hacía daño, autolesiones, rayas de sangre
sobresaliendo desde sus muñecas hasta sus hombros, desde sus rodillas hacia su
cadera. Si se hacía daño físicamente, lo físico pasaría. Cúter, cuchillo, cuchillas, puñetazos, golpes…
No se libró hasta que se suicidó.
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