Sea una pequeña isla, en la que nadie más que yo vivía. Sea una pequeña iglesia encima de la colina, que donde nadie oraba y a su señor nadie visitaba.
Era una pequeña playa, de tamaño inmenso, donde solo yo asistía, donde nadie más me miraba y con muchas ansias me relajaba, porque sola estaba y sin nadie más habitaba.
Moraba en las profundidades del lugar, intensamente respirando y peleando contra quien no existía, cumbres de sangre de hojas caídas, dolor esparcido en mi corazón, sombras gritando en silencio mientras se le escapaba el alma.
Los gritos punzantes de tristeza, las ganas inmensas de volverme cuerda. Enloqueciendo en aquel paraje de espejismos vivos que parecían reales, la locura de estar en una prisión pensando que eres libre.
Con el inmenso cielo oscuro de observador, de vórtices de nubes inmensas que cubrían hasta el más mínimo detalle de dolor, pensabas que estabas libre, solo estabas sola.
Y sola.
Profundamente sola.
Muy sola.
En aquel extraño mundo, en donde nadie me visitaba y nuestro Señor Oscuro me controlaba, devastando el lugar y viendo por fin los barrotes de mi prisión. Destrozando mi vida y siendo insensible al trance en el que me encontraba, porque incluso con mis manos sucias y llenas de muerte, recapacitando no me hallaba.
No pensaba en el mal que, sola, había causado, pensaba en la libertad que jamás había tenido.
Que jamas me habían proporcionado.
Estaba allí, rodeada de nada. Rodeada de sangre y cabezas cortadas, la nada consumida la oscuridad rodeaba. Estaba aterrada, con la luz que se escapaba en las playas escarpadas, en la arena mecida entre las olas y el viento marchitándose en aquella isla abandonada, azotaba mis penas y mis silenciosos gritos de socorro.
Allí donde nadie me vio, la masacre se produjo.
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