“Eres mi única
forma de salir de esta oscuridad. Si tomo todo de ti, quizás pueda ser más
fuerte, si utilizo todo lo que puedes ofrecerme, quizás y solo quizás pueda
vencer y superar todo lo que me hizo…
Si me quieres… Haré lo que sea
para seguir adelante”
Releyó una y otra
vez su contenido, sin poder procesar bien las palabras. Un nudo de opresión se
formaba en su pecho, ella realmente no podía imaginarse como de desesperado
podía estar él si había escrito palabras tan dulces y honestas en una carta
cuyo remitente era su inicial “A”.
Apretó la carta
entre su mano, luego de leerla una vez más, con los ojos aguados en lágrimas de
felicidad. Sonrió tontamente. Sus mejillas cálidamente sonrosadas, su corazón
latiendo rápido y, justo en frente, él que escribió la carta mirándola ansioso
por conocer el veredicto de su regalo.
-
¿Y bien,
chichinasi?
- Es lo más
dulce que he leído en mi vida.
El chico hizo un
mohín de molestia, pero más bien tirando al gesto de un niño que se veía reacio
a aceptar su parte dulce cuando se suponía que los hombres “tenían que ser
rudos”, filosofía que su padre había enseñado en casa un día tras otro.
Entonces ni
siquiera podía estar convencido de que fuera un buen regalo, sin embargo, su
adorada chica, parecía más que entusiasmada por la carta que había escrito
especialmente para ella, si no os lo creéis, queda demostrado en la parte donde
ella ni siquiera le gritó por llamarla “chichinasi”, cosa que siempre le estaba
diciendo que no le dijese pecho plano de esa forma y menos de ninguna otra.
- Solo disfrútala
bien. ¡Es la última! ¡Me niego a escribir más cosas!
Rió divertida y besó la punta de la nariz de aquel chico, bruto y
tosco, que la cautivaba. Ella sería feliz incluso con un simple beso por su parte. Ella era feliz
con él.
- Entonces,
la próxima vez, no dejes todo para última hora- achinó los ojos al sonreír más
ampliamente que lo que había sonreído antes. –Así cuando se acerque mi
cumpleaños no enloquecerás por no encontrar nada en el día propio.
El chico bufó molesto y la besó, susurrando un simple “cállate”,
que se quedó silenciado por todos aquellos besos que compartieron. Porque si
había algo que Ayato tenía claro era que, si Yui permanecía a su lado, sería
más fuerte y más feliz, porque ella era
su fuerza, su única y gran fuerza.
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