“Pensé que valorarías mi opinión…
Cuando me
contaste tus temores y me hablaste de tu problema con tanta honestidad y con
tanto dolor, creí que escucharías lo que tenía que decirte. Palabras de aliento
que animarían tu corazón, que lo auparían para que pudiese vencer. De verdad
creía que me mirarías con ojos atentos y me dejarías acariciarte mientras
lindas palabras salen de mis labios.
Pensé que me escucharías al
consolarte...
Cuando
terminaste tu relato, me miraste con esos ojos destacados, estallando con
fuerza y destellando en colores que a mí siempre me fascinaron. Mi corazón
bombeó la sangre más rápido. Me gustabas tanto que se me olvidaba que ya era
demasiado tarde para mí.
Hablé, te dije
dulces palabras que trataban de expresar cuanto valoraba yo todo lo que hacías,
cuán importante era para mí tu existencia, lo
mucho que necesitaba que estuvieras aquí, aun así, te alejaste ruborizado,
parecías algo indignado, gritándome un “tú no lo entiendes”. Soltaste mis manos
con caricias, te fuiste de allí, me dejaste parada en mi lugar.
Yo sinceramente pensé que me
escucharías”
No hay comentarios:
Publicar un comentario