Me había
acostumbrado a vivir así.
Tomando
con mis manos los sentimientos de los hombres a los que gustaba y a los que no.
Jugaba con ellos y los convertía en simples títeres que se dejaban arrastrar
por mí siempre que mis ojos se enfocaban en su dicha figura.
A los hombres
que no les gustaba, solo era cuestión de seducirlos, caían como moscas al
quitarme la ropa, se dejaban arrastrar por sus impulsos primitivos y acababan
como locos por mí. A los hombre que sí les gustaba, eso era otra historia, los
pisoteaba tras tomar todo lo que juraban ofrecerme si les daba mi amor y
atención. Los rompía en trozos muy pequeños antes de que ellos intentasen
romperme a mí.
Aprisione estos
sentimientos en mi corazón y los hice estallar como simples cristales rotos. Y
sin embargo él se quedó a mi lado, el primero al que herí totalmente y con
muchísima fuerza, permaneció allí mirándome, viendo como hombres y hombres
desfilaban y se arrastraban por mi atención. Él observó en silencio y poco a
poco fue rompiéndose.
Le juré amor
eterno y sonrió. Sonrió tan tristemente que poco a poco su corazón se rompió.
Se quedó allí aún, sufriendo con dichos actos, pero silencio albergo diciendo
una y otra vez, yo no te dejaré. Tan
puro y honesto era su amor que tristemente su ingenuidad lo aplastó.
Y cuando tomé sus manos entre mis finos y largos dedos, lo destruí de todo hasta que no pudiese
recomponer su corazón.
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