El humo
sale, lento asciende, hacia el techo se amontona, baila a lo largo de la
superficie entre el fuego de las velas en la oscuridad, consume mi cigarro, la
adictiva forma en la que tus labios lo envuelven, como miras hacia
afuera, el humo
se escapa y vuela.
Las cenizas caen, y mis ojos en ti recaen, la música deja sus notas, y das una inspiración, lo tragas y lo escupes de
nuevo, me lo pasas sin retirar tus ojos del espacio. Ahí, fuera, las estrellas
brillan tan fuerte, te hacen brillar más de lo que lo haces para mí, más de lo
que piensas que resaltarás, las cenizas caen, yo trago, humo sale.
El
incienso arde, prende olores indetectables, la estancia oscura nos consume, las
velas bailan con mis dudas, me recolocó, tus ojos me buscan, sonríes, te alejas
hacia el espacio, tu olor me llena de nuevo, ventanales de opciones, lo
arrastran hacia mí, y el incienso arde, su olor no siento, tu olor se ha
impregnado en mi cuerpo, y el humo
baila.
La
oscuridad invade, nos rozamos los dedos, tú la fumas, tu tacto es suave,
terciopelo de seda, de yute o algodón, tan suave que mi piel la necesita más,
ya no duele el contacto, parece que ha dejado de doler, tu lo expulsas, tu lo
fumas. Y, la oscuridad nos atrapa, las velas no la espantan, y el humo observa.
Las
velas iluminan, esa estancia es relajante, las cosas van lento, parece que se
detiene el tiempo, ya no hay desesperanza, tú lo enganchas, los dedos de tus
manos lo trazan, un lazo que lo agarra, y va lento, con seguridad y calma, se
enlaza. Y las velas dejan cera, iluminando el momento, y las velas arden, y el humo nos ciega.
Mi
corazón acelera, te sientas cerca, estás cerca, tu presencia me alerta y tus
manos me tientan, en mi cintura se asientan, y el humo se escapa hasta mis
labios, por tus labios inturbables, no parará. Mi corazón no se detiene, y me
lo fumo, fumo y el humo se expande.
Tus
besos me pierden, en mi frente arden, escalofríos que me entumecen, me
estremecen, mis labios se tuercen, una sonrisa huye de mi mente, no importa que
huya, mis mejillas no me ayudan, y tus brazos acercandome a tu cariño, caladas
que pesan, y nos lo fumamos, el humo no
cesará.
La
música sigue, tranquila y suave, baja y de ambiente, me cuesta escuchar su
letra, los compases que tocan, parecen incomprensibles, pero me gusta, me gusta
esa melodía, y me lo pasas y te lo paso, y sigues fumando, el humo es blanco.
La
noche transcurre, parece que se desliza, entre las horas o lo que parecen
segundos en este tiempo, me miras, esta vez no parece importarte nada más,
castaños robles crecen fuertes en tus orbes, me miras a mí, y yo te miro, y me
lo fumo. Y la noche sigue transitando por el momento, y el humo la nubla.
Tú te
acurrucas, calmadamente me llevas a un lugar nuevo, sin prisas y sin
movimientos, es diferente, es intrigante, asusta un poco, pero la calma es mi
nueva serenidad, una virtud que me aturde, algo que solo tu podrías enseñarme,
y tú me hablas, yo te escucho, el humo es
apremiante.
Tu voz
resuena en mis tímpanos, no se extingue, cada vez me cuesta más concentrarme en
lo que tengo que concentrarme. Es suave, me hace perder los miedos más
irracionales que me creo, es la quinta sinfonía del cielo, la banda sonora de
mis despertares. Y tu voz me extasia, con el humo
me contagia.
El
cigarro se acaba, tu pelo me atrapa, mis dedos enredados, acaricio la gloria
con los dedos, tu comodidad en sonidos me dice que lo entiendes, y mis yemas
tocan el cielo por primera vez en su vida, entre caricia y caricia se consume.
El cigarro se extingue contra el cenicero, el humo sin
embargo, continua.
Tus
piernas me envuelven, de sopetón, cambias a mi canción, conquistas mis oídos
con una declaración, el rumbo de mis pensamientos se para, solo puedo
observarte y escucharla sonar, mis piernas encerradas en las tuyas, tu
respiración contra mi cabello. Y tus piernas me rodean, y el humo se esparce.
Se
acaba el tiempo, bostezas contra mí, caliente y ardiente la zona permanece con
un grito silencioso de cansancio, tus ojos lucen pesados, y tus pestañas más
largas que las velas al comenzar a brillar su fuego. El tiempo toca a su fin,
tus bostezos lo contagian, y el humo
parece que se agota.
Tu
respiración es tranquila, no suena, juraría que no escuchaba nada. Cálida y
confortante, como una hoguera en invierno, como un baño caliente después de
trabajar, como una cama al descansar… tu respiración es verde paz, y el humo indeleble permanece lejos.
Tu
cuello se encoje, dejando besos en mi cara, tu cuello me llama a gritos,
desearía mis marcas dejar en él, que se demuestre que yo te he besado y
mordisqueado y que esto es real. Y tu cuello me deja acceso, a mis besos y
juegos, tu cuello me acepta, con un
montón de humo en medio.
Nos
abandonamos al tiempo, estrellas que nos enseñan que aun es temprano, que no
tenemos que irnos, miro hacia él, ¿el último antes de irnos a dormir? Y el humo sigue,
con cada calada que iniciamos y soltamos. El humo nos acompaña.
No es
suficiente verte, mis ojos te observan, parece que es verdad, a mi lado ahora
mismo estás, es temprano, aun no ha salido el sol. Aprendí a aprovecharte
cuando te veo, y mis labios se estampan en tus mejillas, tu sonrisa veo. Y no
es suficiente, por observarte y besarte, no tengo bastante. Y el humo aumenta.
Los
cojines estorban, lejos de nosotros los dejamos, para ocuparnos enteramente, el
tacto sobra, aquí nos quedamos, el tabaco se consume, entre las paredes del
salón que nos acoje. Y el humo
asciende.
El
cigarro agota, tus ojos me suplican, abandonamos el lugar, a aquella cama nos
dejamos llevar, te acuestas y me abrazas, las mantas cubren mis ganas de
suplicar unos minutos más. Y el cigarro muere en el salón, con el humo desaparece.
Aquí no
hay humo, solo realidad y una cama que compartir, tus sueños comienzan, mis
ojos no se cierran, mis ojos lo observan, el techo vacío, no hay humo, solo
quería un segundo más, hasta que
el humo vuelva.
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