sábado, 29 de septiembre de 2018

No entiendes. No te esfuerces.





Que bueno sería que lo entendieses...
Que supieses por lo que mi mente perece;
inerte.




Que no siento frío,
la brisa no me toca el alma,
no estremece contra mi casa;
pero no lo entiendes.




Y quieres volar conmigo, a mi son,
pero mi vuelo no lo comprendes,
incluso aunque te tracé un caminó con pintura indeleble,
aunque te marqué mis pasos, no.





Y ahora dices que no me encuentras,
entre el gentío de sus formas
que no me comprendes, que no me mueva.




Y no importa.
¡Cuanto grité,
cuantas noches lloré!





No importa,
porque no me escuchas.
Porque desde el principio solo me derrotas,
y, disculpa, pero poco te esfuerzas.





Pero da igual lo que intentes,
que te pinten la libertad,
que dibujen la accesibilidad...





Las puertas permanecen cerradas...





Tú no entiendes mi frustración,
terminas, por mí, la canción,
sin esperar a que la desgusté,
me lo arrebatas todo.





Pero yo puedo volar más,
más alto y más rápido.
Yo puedo con todo y, además,
no me podrás alcanzar.

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