Rodeo con sus brazos su pequeña cintura para atraerla hacia
él, comenzó a cerrar sus ojos mientras que sentía como posaba sus labios encima
de los suyos, no era un primer beso, pero aunque sabía que no sería el último,
lo guardaba en su mente como si así fuera.
No era el típico beso de un día de
locura extrema, tampoco un beso de despedida o de “nos vemos pronto” , quizás
era un beso de “en estos momentos no sales de mi cabeza” o a lo mejor uno de “me
gustas un poco más que hace unas horas”.
Era lento y cálido.
Mientras ambos
movían sus labios al mismo ritmo, y ejecutaban, con sus labios, una danza suave que, ella, recordaba a la perfección.
A pesar de que no es la típica chica que sueña con un
beso lleno de calidez y dulzura le había gustado tanto, casi tanto como él, que casi no tenía palabras. Se estaba llevando la contraria con sus gustos sobre besos. A ella le gustaban los besos voraces, esos que
demostraban cuanto habían querido acercarse a sus labios o a ella, no esos besitos llenos de sentimientos cursis.
En cambio,
su primer beso cariñoso, siempre lo recuerda, ese beso era su favorito de todos
los que había dado. Él beso de ritmo suave y acompasado con sus latidos, que la llevaba a las nubes, el beso que él le había dado. Sin dudar. Era su favorito.
Se sentía como algo inexistente e improbable, amaba
sentirlo, y lo recordaba a la perfección.
Recordaba que no había buscado su
trasero en todo el beso sino que, el abrazo, había sido dulce sobre sus caderas.
Estaba hecha un
lío, pero aun así. Disfruto como nunca, y dejo que ese chico con experiencia la
besara dulcemente.
-Has querido esto toda la noche- le susurró una vez acabado.
No fue capaz de decir nada, no salía una frase coherente
como “que creído te lo tienes chaval, eres tú el que ha estado sobándome y
moviendo mi camisa”. Solo se quedó callada, negando con la cabeza y una pequeña sonrisa, para continuar caminando, mientras lo veía estático al no saber
que significaba o a donde llevaba todo esto.
Caminaron un largo rato, abrazados
mientras él le decía que siempre iba a acordarse de ella, que hablarían mañana
y él se acordaría de todo, que no era un cabrón, que esa es su meta, ella solo
asentía y pronunciaba audibles, pero en tono bastante bajo, la pregunta “¿seguro?”.
Su baja
autoestima la incitaba a hacerlo, el respondía una y otra vez que sí. Para
detenerla antes de que se fuera y darle un beso un poco más corto de la misma
dulzura.
-Me acordaré de ti, pequeñaja-
¿Y si no lo hacía? Es un riesgo que debía correr.
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